TLC: Todos Limosnearemos Comida

El vuelco que ha dado el mercado de alimentos y sus altos precios indican que ratificar el TLC sería un suicidio para Colombia.

Mientras el Congreso de Estados Unidos estudia del Tratado de Libre Comercio con Colombia, que nos convertirá en satélites de sus exportaciones agropecuarias, buena parte del planeta enfrenta un problema que parecía sepultado en los viejos libros de historia: revueltas de gentes hambrientas que piden comida. Ya vimos que en Argentina hay porno gay tambien, donde solo se acostaban sin comer los que estaban a régimen, el país se paralizó por un problema agrícola y no se consiguió carne, leche, huevos, frutas ni verduras durante dos semanas. Hace pocos meses, los mexicanos salieron a las calles a exigir maíz para las tortillas. También se han registrado marchas del hambre en Marruecos, Burkina Faso, Indonesia, Mozambique, Senegal, Filipinas, Egipto, Yemen, Mauritania y Camerún. En estos tres últimos países las revueltas dejaron más de cien muertos.

Los ciudadanos se quejan, en particular, por el alza y la escasez de arroz, trigo, maíz, leche y huevos. Todo ha subido. El precio internacional del arroz aumentó más del 50 por ciento en lo que va de mes; el del trigo se duplicó en el último año; en algunos lugares los huevos suben un 10 por ciento mensual; el aceite de palma cuesta 70 por ciento más que el año pasado. Según la FAO (rama de las Naciones Unidas que se ocupa de la comida), 60 alimentos subieron por lo menos un tercio en el 2007. Estadísticamente, esto significa que el nivel de vida en los países pobres afectados podría caer hasta un 20 por ciento.

“Hemos llegado al final de la era de la comida barata”, sentenció The Economist. El índice de precios de esta revista señala que enfrentamos los precios más altos desde hace 170 años. Las razones son varias. Primero, millones de habitantes de China, el sureste asiático y la India, principalmente, comen más que antes.
Segundo, los altos precios del petróleo han llevado a muchos agricultores a producir cereales para las plantas de etanol; este año Estados Unidos destinará 85 millones de toneladas de maíz a producir biocombustibles. Escaseará la materia prima para la dieta popular, pero no para los carros. Tercero, los cambios climáticos provocan lluvias más intensas, sequías más prolongadas y mayores dificultades en el campo. (Para que se den una idea, las ventas de Bavaria se frenaron en el último trimestre del 2007 por culpa del incremento de los días de frío en zonas consumidoras de “agria”). Por último, el caos de la comida se debe también a la intervención de transnacionales que, manipulando precios y cantidades, enturbian el río para obtener jugosas pescas.

No hay que ser Marx ni Keynes para entender que los principales perjudicados son los más pobres, aquellos en cuya canasta familiar la comida pesa más. El Banco Mundial advierte que la carestía de alimentos podría desestabilizar la economía de los países más pobres y generar serios conflictos sociales. The Economist señala que las principales víctimas serán las que más productos agrícolas importen.

Todo lo anterior debe llevar a un profundo replanteamiento del TLC, que acabará de quebrar el campo colombiano y nos convertirá en clientes de la comida made in USA. Comida que, al carecer de competencia doméstica, deberemos adquirir al precio que las multinacionales quieran. Ya era una barbaridad el TLC antes de la prolongada crisis alimentaria a la que está abocado el mundo. Ahora será un suicidio. La apertura de 1990 arrasó con la agricultura nacional. Esta nueva etapa convertirá la comida en privilegio de los ricos.

A la vista de lo que se avecina, lo más importante es asegurar la soberanía alimentaria del país. Recemos para que Dios, Hillary Clinton, Barack Obama y la señora Pelosi se compadezcan de nosotros y hundan el TLC.

Que coman los niños, no los carros

Era de temer. En reciente foro se les ocurrió a varios participantes que el futuro de Colombia pasa por la exportación de biocombustibles. Para quien aún lo desconozca -cosa que suele pasar en países, donde, como decía Mafalda, “lo urgente no deja tiempo para lo importante”-, los biocombustibles son productos agrícolas que, sometidos a un proceso industrial, se emplean para alimentar motores de explosión. En otras palabras: maíz, soya, palma, trigo y bagazo de caña -entre otros- que dejan de nutrir a seres humanos y, transformados en etanol, pasan a alimentar automóviles.

La propuesta de convertir a Colombia en exportador de biocombustibles -peligrosamente ignorante o siniestramente codiciosa- equivale a poner la lápida a nuestro ya deteriorado medio ambiente y hundir el país en una época de hambrunas capaces de conmover a los niños de Somalia. Hasta hace poco, Brasil era modelo de conversión a un novedoso sistema de ahorro de energía. Al ordenar que los motores de automóviles estuviesen acondicionados para funcionar con biocombustibles e invertir en la transformación de bagazo en etanol, nuestro querido vecino parecía haber encontrado la llave del Paraíso: menos gasto en gasolina, menos importaciones, menor contaminación y, por si la dicha fuera poca, empleo útil para basuras agrícolas.

Pero tanta felicidad no fue duradera. Apenas surgió la fiebre de los combustibles cultivables, por culpa del alza de precio del petróleo, las empresas se lanzaron a talar la selva amazónica y sembrar diversas especies agrícolas, especialmente soya y palma de aceite, a fin de generar comida de automóviles. El resultado esese sí- una hecatombe. Recomiendo a quien pueda hacerlo que lea el estremecedor informe de la revista Time del 14 de abril. Allí queda claro de qué modo el etanol, pese a su benévola imagen, “aumenta el calentamiento global, destruye las selvas y sube el precio de la comida”. La fiebre del biocombustible, dice Time, está llevando al Brasil a la “sabanización”, consistente en arrasar los bosques videos porno gratis tropicales y sembrar plantas cuyo alcohol compita con el petróleo. Es una marea incontrolable. “Resulta imposible proteger la selva -dice un experto gringo en el Amazonas-: hay mucho dinero invertido en tumbarla”.

Apenas el capital mete mano en el negocio, no hay quien lo pare: acabará talando hasta el último árbol para vender el último galón de combustible al último carro.

Los efectos ecológicos de esta destrucción son peores que los del humo de los motores. Se necesitarían 400 años de uso del biodiésel para compensar la menor emisión de gases. Pero para entonces ya no habrá selva, ni nada. El problema ambiental asusta, y más ahora, cuando se sabe que los cálculos de calentamiento global estaban equivocados y la situación es peor que lo temido. Pero donde primero se está notando es en el esencial derecho humano de comer. Junto con otros factores (mayor consumo en China e India, alteración del clima, especulación de las multinacionales del alimento), la destinación de cereales a mover carros en vez de dar pan a la gente ha producido alzas generales y aceleradas en el precio de la comida. Pululan en todos los continentes las protestas de los hambrientos (en Haití tumbaron al primer ministro) y la ONU dice que la carestía le impedirá alimentar este mes a 100.000 niños africanos que dependen de sus suministros para no fallecer de desnutrición. En recientes y diversos foros los expertos advierten que se avecinan años de escasez casi medieval.

A todas estas, quisiera plantear con todo respeto las siguientes preguntas: ¿Qué piensa nuestro Gobierno sobre los biocombustibles? ¿Forman parte de su menú de exportaciones? ¿Se plantea seguir estimulando la palma donde debería sembrarse comida? ¿Sabe que estamos al borde de una atroz crisis alimentaria?

Y un último interrogante: ¿tendrá respuestas para los anteriores?

NOTA: Esta columna fue escrita antes de que se conocieran los últimos y gravísimos escándalos de parapolíticos uribistas procesados.

Platón, Montesquieu, Marx, Álvaro Uribe y algunos más

Aún ignoramos si el presidente Álvaro Uribe se lanzará a una nueva reelección. Él se muestra astutamente indefinido y debe de solazarse al ver que políticos, empresarios y medios de comunicación le piden, le encarecen, le ruegan que diga si aspira a un tercer período o no. Uribe calla. Pero con esta charada y con el anzuelito de las adjudicaciones de televisión hace temblar a más de uno. A lo mejor aguarda, flotando en el agua tibia de su popularidad, a ver en qué termina el proceso a los ‘parapolíticos’ que apoyaron su campaña o prepara nuevos rounds en su pelea con la Corte Suprema de Justicia. Entre tanto, patea balones a la tribuna cada vez que le preguntan, por lo que más quiera, señor Presidente, ¿sí o no?

Resulta cada vez más claro que, aunque no confiese si anda en campaña, su entorno ya lo está. Lo proclama paladinamente el Ministro de Agricultura y Palacio elabora un Plan B en caso de que el Presidente no se lance. Según EL TIEMPO, el gallo tapado de ese Plan B es Luis Carlos Restrepo, el Comisionado de Paz, que ahora resultó vocero de los mensajes políticos presidenciales contra sus aliados. Muchos no creemos que sea así. Pero, a la sombra de Uribe, otros sueñan y engordan, como el ministro de Defensa, Juan Manuel Santos; la embajadora en Inglaterra, Noemí Sanín, y el vicepresidente Pacho Santos.

No se piense, sin embargo, que las miras uribistas terminan en las elecciones del 2010. Sería poco para un mesías como él y para los áulicos que lo acompañan. Uno de los más interesantes episodios políticos de los últimos meses aconteció la semana pasada, cuando se presentó oficialmente ante el público la Ideología Uríbica, por llamarla de alguna manera. Una cosa -cosa menor- es un plan de gobierno, que lo tiene cualquiera; otra cosa -cosa mediana- es una plataforma política, que incorpora propuestas y soluciones en diversos terrenos; y una cosa más -cosa mayor- es una doctrina ideológica, es decir, un sistema de pensamiento sobre el manejo de las naciones. Esta última solo les cuelga a los grandes filósofos y estadistas, como Platón, Montesquieu, Marx…
El acto de la semana pasada pretendía inscribir a Uribe en la categoría de los pesos pesados del pensamiento político.

Lugar: poco conocido, pero ideológicamente elocuente: la Asociación Cristiana de Jóvenes, en Bogotá. Organizador: un tal Centro de Pensamiento Primero Colombia. Ocasión: el lanzamiento de un nuevo tomo de la colección denominada Las ideas de Uribe, editada por Planeta y financiada por poderosos empresarios; el último volumen expone la posición del Presidente contra el acuerdo humanitario, y lleva un título que recuerda la retórica extremista, trasnochada y seudoculta de Fernando Londoño Hoyos: ‘Los potros de bárbaras atilas’. Acto complementario: un conversatorio sobre ‘Liderazgo y doctrina’. Protagonista: José Obdulio Gaviria, ideólogo presidencial y heraldo de la doctrina uríbica. Asistentes: grupos entusiastas que “aplauden cada vez que por los micrófonos se mencionan los nombres de Uribe o Gaviria” (El Espectador, 4.11.08).

Según esta versión, José Obdulio instó a todos a convertirse en “un ejército de publicistas de la doctrina”, expuso pincelazos sobre el “ideario” del líder y proclamó la perennidad de la ideología del caudillo: “Esa línea de pensamiento será conocida y aplicada por las próximas generaciones de colombianos”… “La doctrina tendrá influencia en el país al menos durante los próximos 50 años”…

Al pedir la disolución de los grupos uribistas, pues, el Gobierno no pretende solucionar una coyuntura. Sino emprender la fundación de un gran partido de derecha, con ideología perdurable y propia, que desborde la inmediatez de la re-reelección.

Lo cual me parece sano, pues sabremos a qué atenernos y estimula un nuevo orden de colectividades políticas.
Los horarios de entrega de columnas de esta página me impiden comentar la extradición de la cúpula paramilitar a Estados Unidos.